La adolescencia es la etapa de consolidación de la personalidad, donde el joven debe abandonar los modelos parentales, para encontrar su propia forma de enfrentarse al mundo. Necesita cambiar sus marcos referenciales en casi todos los campos, pues está cambiando y es imposible sostener las mismas pautas de conducta, pensamiento y deseos de la infancia. El mundo toma otro aspecto y sentido durante esta etapa, tornándose inestable, provocando la incertidumbre.
Los cambios físicos producen comportamientos nuevos, es necesario adaptarse al nuevo cuerpo, incluso es dificultoso para el adolescente el moverse, con un cuerpo que de pronto dejó de tener las dimensiones que tenía en la infancia. También los cambios hormonales producen una evolución en la manera de pensar y de sentir. Aparece el apetito sexual, pero no existen muchas certezas sobre la forma de conducirse al respecto.
El noviazgo:
Es muy común que los adolescentes se sientan atraídos por alguien, pero que no sepan cómo relacionarse con esa persona y esto despierta ansiedades y frustraciones. Muchas veces aparecen conflictos, el temor al rechazo, el desconcierto frente a la nueva situación, la ignorancia sobre el modo de actuar en estas circunstancias, timidez, preconceptos, prejuicios, temor a la reacción de los padres, y un sinfín de situaciones más. No es extraño que los adolescentes confundan atracción física con amor, y se vean envueltos en relaciones problemáticas e intensas.
El noviazgo es una relación muy inestable, que se ve afectada por la inexperiencia y otros factores propios de la pareja, pero además se verá afectada por terceros, quienes juzgan, presionan, imponen, prohíben, etc. Por lo general, los noviazgos adolescentes no son duraderos, la misma inestabilidad física y emocional de los jóvenes, hace que los cambios sufridos por ambos miembros de la pareja, la hagan insostenible.
Los padres frente al noviazgo de los hijos:
Muchas veces los padres se alarman frente al noviazgo de sus hijos, sobre todo cuando es el primero. En ocasiones sucumben a al tentación de imponer su voluntad a los hijos, y esto siempre resulta nefasto, aún en el caso de que los padres tengan razón. No hay que olvidar que es una etapa de consolidación de la personalidad, donde el adolescente deberá optar por un modelo que sirva para su futuro, y cuanto más los presionemos, más los alejaremos de nosotros. Es necesario dejarlos cometer sus propios errores, incluso cuando sabemos que saldrán lastimados. Nadie puede aprender de los sermones, sí de los ejemplos. Lo mejor que se puede hacer es comprenderlos, mostrarles cariño y apoyo. Advertirles sí de los peligros, informarlos, pero la decisión siempre debe ser de ellos. Es necesario confiar en su criterio, deben aprender a tomar decisiones y sufrir las consecuencias de sus actos. Claro que siempre debemos estar allí para ayudarlos, no vale el resentimiento ni el orgullo. Intentar ponerse en su lugar ayuda mucho a sobrellevar el trance, tratar de conocer a la pareja y encontrar lo que nuestro hijo ve en esa persona. Conversar con los hijos sobre su relación, de una manera amistosa, demostrarles que nos interesa, como todo lo que concierne a su vida, es una manera de facilitar para todos la convivencia y evitará enfrentamientos inútiles, que sólo pueden conducir a deteriorar la relación filial.